Esther Rojas, la libertad musical hecha
mujer
“El jazz es símbolo
de libertad. Libertad rítmica, armónica,
melódica, improvisativa.
Él te abre la
mente, los oídos, el corazón. No hay
límites”.
La cita era a las dos de la
tarde. El ensayo con la Big Band Bogotá
iniciaba una hora después, así que debíamos sacarle provecho a los 60 minutos
que teníamos para conversar y ahondar un poco en su vida. Llegué temprano. Aproveché ese tiempo para cargar el celular ya
que haría las veces de grabadora y no podía darme el lujo de quedarme sin carga
en mitad de la entrevista; no me lo perdonaría.
Con una entrevistada como Esther Rojas que tiene tanto para contar a
cerca de su vida y obra en el mundo de la música, en el marco de Jazz al Parque
cuyo eslogan es “mujeres en el jazz”, siendo la primera mujer directora de la
emblemática banda bogotana; perder anécdotas, información e historias sería
como pararme delante de un cañón y esperar el disparo.
Pasaron 20 minutos, más o menos,
y cuando los guardas de seguridad de la Fernando Sor me preguntaban sobre qué
iba a hacer en la academia ese día, uno de ellos cuestionó: ¿… y a quién es que
viene a entrevistar? Como película
hollywoodense, donde la protagonista entra a escena en el momento perfecto,
mientras pronunciaba su nombre como por tercera vez, apareció con su bajo al
hombro y dijo: ¡buenas tardes!
Ella es una mujer de baja estatura, pero imponente. Esa cabellera y esos ojos expresivos con
mirada penetrante dejaron a todos boquiabiertos. - Ella es la maestra Esther -, les dije. Inmediatamente llamaron a alguien, me pasaron
el teléfono y… asunto arreglado. Entramos al auditorio donde sería el ensayo,
nos ubicamos en una mesa del fondo que tenía un par de sillas y nos pusimos a
charlar.
Entre risas y comentarios sobre
el ensayo al que ya había asistido unos días antes empecé el diálogo con una
pregunta típica pero que, para efectos de lo que quería empezar a descubrir en
ella, era necesario formular. – ¿En qué momento decides estudiar música y
por qué? Una pregunta que me imagino
la tomó por sorpresa ya que no hice ninguna introducción ni preámbulo, y sus
ojos, de esos que hablaré más adelante, me miraron con asombro. Se ríe y me dice algo que confirmó lo que ya
había investigado: “Por mi familia.
Mis padres son ambos músicos y profesores de música. De hecho, mi papá estudió pedagogía y mi mamá
era cantante de ópera y violinista”.
Los ojos le brillan cuando lo cuenta.
Y no es para menos. Ser parte de
una familia musical donde se respira arte constantemente marca, de una u otra
manera, la forma de percibir y sentir al mundo.
“Tres de nosotros somos
músicos profesionales, nos dedicamos a la música para vivir”. – ¿Se puede vivir de la música?
Dicen que quienes trabajan por amor al arte pasan trabajo, ¿es cierto? “Pues mira que en mi caso sí ha sido
así. Vivir de la música es muy
complicado. Claro que también depende de
lo que tú quieras ser. Si solo quieres
ser “performer”, es decir, solo tocar, tienes que ser un músico muy duro para
que te llamen y participes en proyectos o toques para otros artistas. Inclusive, tendrías que vivir en un lugar
donde haya mercado e industria cultural para mantenerte activo”.
– Y si no eres ese personaje especial que marca tal diferencia y que lo
hace atractivo para proyectos, ¿qué?
“Si no eres una lumbrera tocando pues te queda hacer chisgas en los
bares, y ganarte unos pocos pesos, o ser docente, que es otro camino y que es
lo que muchos artistas hacemos; ya sea porque es la única opción – ríe con
risa cómplice ya que en la conversación le había mencionado que amaba enseñar y
que, definitivamente, la academia y los estudiantes nos mantienen actualizados
y aprendiendo cosas nuevas todo el tiempo – o porque nos gusta aprender cada
vez más. A mí, en mi caso, ser docente
me ha hecho una mejor música, mejor persona, mejor mamá… mejor en todo. Ahora, si no quieres ser “performer” sino
otra cosa, por ejemplo, arreglista como yo, hay otras opciones”.
Sin embargo, con todo lo que me
cuenta, descubro que ese panorama también es duro. Un arreglista no recibe regalías, pese a que
se mata escribiendo y arreglando; un productor o un compositor, sí. Siempre estará la opción de poner a circular
el trabajo en redes sociales o plataformas digitales y que cuente con la suerte
de que le compren uno que otro trabajo.
También depende mucho del género al que se dedique; hablando del jazz
comenta: “hay muchos jazzcistas pasando trabajo aquí y en otras partes del
mundo. En Texas, donde yo vivo
actualmente, hay una universidad muy famosa para este género en donde doctores
en jazz manejan Úber, o dictan clases particulares para complementar sus
ingresos; porque, además, hay mucha competencia”.
Hablamos de los videos que vi una y otra vez para verla tocando y tener
un referente e impresión de Esther la bajista y arreglista. Le cuento que me gustó uno particularmente en
donde tocaban música de uno de los grandes del Caribe colombiano, Pablo Flóres,
autor de porros emblemáticos como La aventurera, Porro viejo, Tres
clarinetes y Los sabores del porro, que era el que precisamente
tocaban en ese video.
– ¿Los aires de la costa norte
colombiana fueron o son importantes en la manera de hacer música? ¿Hay influencia Caribe en Esther Rojas? “Cuando
yo estaba pequeña en Barranquilla mi contacto con la música caribe fue
poco. Yo crecí en medio de música
clásica; yo estudié violín clásico.
Luego nos fuimos para el Huila estando yo aún pequeña, tenía 11 años
cuando eso, y allá estuve más expuesta a los pasillos, a los bambucos. Ya más grandecita me fui a la Universidad del
Cauca a estudiar violín, después, medio año al conservatorio de Cali, también a
estudiar violín y, allá, conocí el bajo y me dediqué a él desde entonces y de
lleno”. Eso la conectó con la música
popular, dice. Bajo eléctrico es sinónimo
de rock, pop, reggae, funk, jazz, etc., es decir, música popular. Y eso es lo que a esta mujer le encanta. Decide migrar a Bogotá, donde vivía uno de
sus hermanos, y conoce a un grupo de barranquilleras, Amaxona, que la conectan
con la música folclórica caribeña y empieza a hacer parte del toque de porros,
bullerengues y otros aires costeños.
“La música es universal, no
somos dueños de nada. Y uno como músico,
como artista, tiene derecho a tocar lo que se le dé la gana”.
Precisa, con convicción y seguridad, mientras habla de lo difícil que pudo
haber sido el ingreso de mujeres a ciertas esferas musicales. Por ejmeplo, el jazz. Y reflexiona “¿cuántas mujeres jazzcistas
hay en nuestro país? Hace días estaba
hablando con unos amigos y yo les decía ¿por qué las mujeres en la música no tienen
roles importantes, como dirigir una big band?
Pareciera que solo cantar es el papel más importante que podemos tener”.
La Mona – Jeannette Riveros, programadora del Festival Jazz al Parque,
y responsable de que Esther esté aquí dirigiendo la Big Band Bogotá, le hizo una
pregunta obligada, cómo se sentía dirigiendo una banda de hombres. Y le respondió: “A mí como mujer no me
gusta mucho hablar, no me desgasto escribiendo post con diatribas que no me
llevan a ningún lugar, me gusta demostrar.
Soy feliz escribeindo mi música, tocándola, cantando, dirigiéndo,
haciendo el mejor trabajo que puedo hacer.
Y punto. Mi labor habla por
mí. Y estoy feliz aquí dirigiendo a este
grupo de músicos maravillosos con quienes he tenido un feeling fantástico; no
me detengo a pensar que son hombres y que debo ganarme su respeto imponiéndome
porque soy mujer, no. Trabajamos juntos,
somos un equipo, y hacerlo bien nos favorece a todos”.
Esther ha trabajado con artistas de la talla de Alejandro Sanz, Juan
Luis Guerra, Totó la Momposina, Carlos Vives.
Todo empezó en Berklee mientras estudiaba para ser arreglista. Desde que esta colombiana pisó tierras
anglosajonas, con su swing y sabor latino, empezó a destacarse en todo lo que
hacía. Inició con arreglos a ciertas
cumbias que la llevaron a presentarse en un espacio de la universidad que
permite que estudiantes graben sus presentaciones y se publiquen en un canal
digital. Emocionada por la oportunidad
cae en la cuenta de que no tiene banda y empieza a buscar con quién pude
presentarse y aprovechar ese momento que la vida le estaba ofreciendo. “Acababa de llegar, y yo no conocía a
nadie. Finalmente conseguí con quién
tocar y mi cantante fue una chica griega.
Le hice un arreglo muy lindo, una rearmonización, a la canción Danza negra
del maestro Lucho Bermúdez, una canción que me fascina; sobre todo con esa voz
de Matilde Díaz. Hace un pequeño
silencio y canta: con el rumor de las palmeras, se siente el eco de música
lejana y en su compaz las pilanderas, vienen bailando la cumbia colombiana… E hice mi primer video para Berklee”.
Entonces, lo interesante fue que no lo hizo tradicional, le metió jazz, hizo
una fusión que gustó a los profesores y compañeros de la univerdidad.
Como solo podía usar un trío y necesitaba más sonidos para lo que su
mente y corazón querían hacer, sentó a la cantante sobre un cajón musical, le
dio un shaker y le puso al frente un platillo. Ella tocó, por su puesto, el bajo y escribió
una parte para un eufonio, que hicieron de la presentación todo un hit. “De allí en adelante, todos los cuatro
años que estuve estudiando, me llamaban para muchos proyectos de música latina”. Fue cuando tuvo su primer concierto con un
artista de renombre internacional, el salsero Luis Enrique. “Imagínate, toque Yo no sé mañana, una
canción que me gusta mucho, con él. Fue
maravilloso”.
Tiempo después, sin imaginárselo, solo por ser la única alumna que le
hizo una tarea al profesor, productor y compositor musical Javier Limón (Concha
Buika, Diego el Cigala, Andrés Calamaro), fue invitada a ser la directora
musical para Alejandro Sanz en su presentación en los Latin Grammy. Literalmente Esther Rojas saltó a la fama. Éxito y reconocimiento que le significó ser
la cara oficial de la Universidad. “Hay
un edificio en Berklee que es conocido por tener siempre un lienzo inmenso
– al estilo de una gigantografía – con el rostro de una mujer cantante
importante en la historia de la música.
La primera bajista que allí estuvo fue Esperanza Spalding y la última
mujer música que estuvo allí fui yo”.
–¿Por qué el bajo? ¿Qué te enamoró de ese instrumento que tanta
satisfacción, deleite y felicidad te ha brindado? “Cuando
estudiaba violín, en bachillerato, mi papá me llamó un día porque necesitaba un
bajista en la banda para alguna presentación.
Él solía llamar a cualquiera de sus hijos a que lo acompañara en
presentaciones cuando necesitaba un músico.
Esa vez me llamó a mí. Recuerdo
que tocamos algo de rock en español porque había que hacerle un tributo a
alguien. Tocamos de Los Abuelos de la Nada,
Mil horas”. – Pasé mi pena cantando
el coro que todos sabemos, la otra noche te esperé bajo la lluvia dos horas,
mil horas, como un perro… ella solo sonrió y cerró mi fallida intervención diciéndome:
“fue un encuentro cercano con mi primer amor, el rock; por él toco bajo”.
“Esa sensación en la panza, la vibración del instrumento
hace que lo sientas visceral, y que es el fundamento del groove, de eso
armónico, rítmico, que si no está, si el bajo no está, todo se cae. Esa sensación nunca la olvidé y fue clave en
mi decisión de vida como músico arreglista y bajista”.
En este punto de nuestra conversación a Esther le suena el celular y me
pide un momento ya que debe contestar esa llamada. Mientras, varios músicos de la Big Band han
llegado para el ensayo y empiezan a afinar sus intrumentos. Me envuelven sonidos de vientos que hacen que
vuelva en el tiempo y me conecte con mi niñez.
Imagino a las palenqueras cantando sus pregones; trompetas y trombones
se funden con sus voces en mi mente.
Regresa y me dice, por dónde íbamos. Pregunta que me hace pensar que sigue siendo
una colombiana de raca mandaca; solo nosotros preguntamos de esa manera y
hacemos con el idioma cosas que nos enriquecen en nuestro hablar. Retomo nuestro diálogo preguntándole cuántos
instrumentos toca aparte del violín y del bajo.
“Varias cositas. Toco piano,
ahora estoy incursionando en el ukelele”.
Se desata un aguacero en Bogotá que hace que nos acerquemos un poco ya
que el sonido de la lluvia en el techo hace un eco interno en el salón que
molesta un poco. Allí me acerco a esos
ojos que, como ya mencioné, son profundos, transparentes y muestran mucho de
Esther. Por ejemplo, su determinación en
la vida. Toma decisiones convencida de
lograr los resultados. “Si algo me da temor, pues que no se me note, pero
voy con toda. Ser mamá me ayudó mucho en
eso, ¿sabes? Uno se vuelve muy verraco
cuando tiene hijos y asume la responsabilidad de acompañarlos en su crecimiento
y formación”.
Esther se ganó media beca para ir a estudiar en Berklee. Se fue tranquila, en parte, porque su marido
la apoyó completamente. Pero estando
allá ganó otra beca, luego beca completa, y se graduó becada cien por ciento. Otro ejemplo de su entrega y determinación.
Ya casi concluyendo nuestro tiempo, se acercaba la hora del ensayo, le
propuse el típico juego en donde le menciono unos nombres o palabras y ella me
cuenta qué representan o significan. Se
ríe, se agarra las manos y me mira con algo de incertidumbre. Como diciendo ¿y
éste con qué me rá a salir?
– “La Bogotana. ¡Huy juemadre! Eso fue antes de Amaxona. Aventuras musicales. – Amaxona. Rumba, alegría. Energía Caribe”. Y en ese momento siento ese acento costeño
que nos identifica. Me dice que lo ha
perdido mucho, pero pese a su vida en el Huila, Bogotá, Cali, Berklee - Massachusetts,
Texas de vez en cuando le brotan esas raíces.
– César López. “Experimentación musical. Su mensaje de paz. – Las
Martí. Pop. Inocencia, aunque la canción de se momento no
tenía nada de inocente. Reímos. – Yurgaki. Tierra.
Música latina y experimental con electrónica. –
Caña Brava. Ejemplo de
tezón. Muestra de cómo la época marcó en
ese momento el desempeño de un grupo de mujeres salseras. – María
Mulata. Ella es líder de su
grupo. Una mujer investigadora que
ahonda en lo que quiere emprender. Viajé
mucho con ella”.
Quienes me conocen saben que amo cocinar. La cocina es una de mis pasiones. Tenía que preguntarle a esos ojos con rostro
– nótese que estuve enamorado de ellos desde el primer momento – qué le gustaba
comer. Pero quiero aclarar que la
pregunta va encaminada, más allá de conocer a Esther en su intimidad personal,
en hacer un paralelo de esos gustos culinarios con los musicales. Una artista que ama lo popular y hace
fusiones maravillosas en la música debe ser también ecléctica con la
comida. O inclusive, ese eclecticismo
gastronómico se refleja en la manera en cómo combina los sonidos y los
instrumentos en sus areglos, ¿no creen? – ¿Cuál es tu comida favorita?
“Me encanta comer de todo. Amo
la comida. Cuando viajo me gusta conocer
los sabores locales. En la India comí de
todo. Esos sabores fuertes, esos aromas,
esos colores. Me gusta la comida que
tiene fuerza, personalidad, vibrante”.
Esther vivió en el sur de la India, una zona que se caracteriza, además
de los sabores típicos, por el picante.
Dice que pensó que le daría duro, pero al final disfrutó cada bocado. De la comida colombiana ama el ajiaco y los
patacones.
Al final, efectivamente, evidencia ese eclepticismo en todo lo que
hace. Viste de colores y los combina de
todas las formas. En la música pasa del renacimiento
a Wagner, de la timba cubana al jazz tradicional. Con sus hijos comparte el amor por la música
afroamericana R&B, neosoul, gospel.
Para bailar prefiere la salsa.
Hablemos del jazz. ¿Cómo es tu relación de amor con él? “Es simbolo de libertad rítmica, armónica,
melódica, improvisativa. Creo que todos
los músicos populares y clásicos debe estudiar algo de jazz; él te abre la
mente, los oídos, el corazón. No hay
límites”. Tal vez por eso ama más
los instrumentos de viento que las cuerdas, el jazz la ha acercado a ellos más
que nada. Me dice con pasión que
escucharlos sonar es mágico. Yo le sumo
lo sexis que son en sus formas y color. He
escrito especialmente para ellos; por ejemplo, lo he hecho para el trombón y
solo él puede decir esas frases.
Para terminar, le hago una pregunta obligada para mí. Pepe Sánchez.
Le digo que me pareció interesante descubrir que él le hizo una letra a
un porro que no tenía. Pocos son los
porros que cuentan con letra para ser cantada.
Muchos expertos en el tema dicen que el porro no se interancionalizó más,
precisamente, por el hecho de solo ser instrumental en la mayoría de los
casos. Le cuento que Pepe fue mi maestro
en la Universidad y que no me lo imagino escribiendo letra para un porro. “Pepe era profundamente bogotano, pero
también profundamente costeño. Yo tenía
que hacer un arreglo para un trabajo en Berklee y él me ayudó con eso. Ya lo había yo tocado pero me hacía falta
meterle algo más. Le propuse que
escribiera y le gustó la idea. Navales
lo cantó, recuerdo. Fue genial esa
experiencia”.
Los instrumentos la están llamando.
Ya no solo están afinando, ahora se escuchan juntos haciendo melodías
que casi nos invitan a bailar. – ¿Cuál es esa frase que le dirías a los
bogotanos, enmarcada en lo que estás viviendo en este momento, siendo la
primera mujer directora de la Big Band Bogotá, en Jazz al Parque cuyo eslogan
es ‘las mujeres en el jazz’? “A
los bogotanos que hay que seguir apoyando y cultivando la música de big
bands. A las mujeres que sigan
demostrando con música, más que con palabras, en la escena, autoridad musical. Que se sigan poniendo los pantalones, somos
poderosas. Podemos tener roles de
liderazgo, sin miedo. Y yo soy un
ejemplo de ello aquí y ahora, por mi desempeño, por mis logros, por la
oportunidad que me da el Idartes para mostrar mi trabajo en el Festival junto a
esta maravillosa banda”.
Y así termina el encuentro con esta mujer maravillosa. Referente mundial en el campo de la música,
de los arreglistas, de los jazzcistas. Nos deja su gracia e inteligencia y las
maravillosas anécdotas que compartió.
Pero, sobre todo, esos ojos color jazz, símbolos de la libertad,
tenacidad y lucha por alcanzar los sueños.
Ojos que dicen que en la música está la esperanza para vivir entre la
cordura y la locura, siendo acertivos y creadores de grandes obras. ¿Será que se necesitan más artistas como Esther
Rojas, dispuestos a demostrarlo? Parece
que en el jazz está la respuesta.