Hoy, después de mucho esperar, decidí escribir sobre aquellas cosas que me gustan y apasionan de mi vida. Una de ellas es mi ciudad, Cartagena. Y quiero hacerle un homenaje a partir de cosas que recuerdo de mi infancia, cosas que dejaron huella para siempre en mi memoria. "Recuerdos que (como dice la canción de Fito) no voy a borrar, personas que no voy a olvidar, hay aromas que me quiero llevar, silencios que prefiero callar."
Recuerdo... Recuerdo aquel palo de caucho enfrente del Banco de Bogotá. Los escribidores que sentados debajo de él, hacían minutas, contratos, demandas. Recuerdo el olor a carne fresca en frente de la entrada de la cocina de mi casa cuando iba Rafaela a venderle a mi abuela. Las arepa'e huevo que hacía Graciela mi nana. Recuerdo el sabor amargo de la Curarina de los laboratorios Roman. Recuerdo el día que mi padrino salió corriendo a comerse un platanito después de tomarse una cucharada del famoso elíxir. Recuerdo a Papa Fotti, sentado en su mecedora viendo Don Chinche. A Doña Ana haciendo mantequilla con la nata de la leche y hielo. Nunca supe cómo hacerla. Recuerdo las mañanas frías y el olor a lluvia de ciertos días de abril. El olor a sacapunta y borrador de nata que expedían los niños de primaria saliendo a las 12:00 de la tarde por el portón blanco del colegio. Recuerdo mi colegio, Colegio De La Esperanza. Su color verde, sus puertas y ventanas blancas. Recuerdo a Don Antonio María de Irisarri, el dueño y rector de ese entonces que dejaba una estela casi perenne de María Farina.
Recuerdo a Graciela, mi nana. Cómo te quiero. Te ofrezco disculpas, tarde, yo sé, por esa vez que tirando un palo de escoba te enredaste y te fracturaste un pie. Te agradezco las veces que sentada en la maría palito me dabas "jonda" y me mecías hasta que me quedaba dormido. Recuerdo el olor a mar. A sal marina. A algas que llegaban cada temporada de baja mar a las orillas e inundaban las playas con sus colores verde, violeta y rojo. Recuerdo el hedor cuando se pudrían por el incesante sol que todo lo quiebra. Recuerdo el sabor de los muñequitos de leche, de las bolas de tamarindo, de los alfajores, de las cocadas, de los caballitos. Mmmmm... los caballitos, cómo me gustan los caballitos de papaya verde. Las conservitas de plátano maduro, guayaba y pimienta, las de ajonjolí.
Recuerdo el tedio que generaba hacer el dulce de guandul, pero el deleite cuando ya estaba listo y frío para comer lo superaba todo. El olor y el sabor del dulce de papa que hacía mi abuela Nelly. Ni hablar del famoso Mongo mongo, un dulce de siete frutas. Recuerdo el corrientazo que me generaba en la boca cuando comía, todos los medios días, a la salida del colegio, un mango de puerco biche con sal, limón y pimienta. Salivaba inmediatamente y la piel se me erizaba. Qué rituales los de entonces. Recuerdo la vez que decidí no llegar a la casa de mi abuela, sino ir directamente al edificio donde vivía con mi mamá: El Conquistador. Me acuerdo de mi susto cuando al llegar al apartamento nadie me abrió. Decidí bajar por el ascensor de servicio y, por cosas de la vida, hoy diría por ley de Morphy, se fue la luz y quedé atrapado un minuto mientras la planta prendia y volvía a funcionar. Creo que de ese suceso me quedó la claustrofobia leve que a veces padezco dependiendo del lugar en donde me quede atrapado. Recuerdo que al salir del edificio le pregunté a un desconocido ¿para dónde va? Recuerdo que el señor, muy amable por cierto, me llevó hasta el Centro y, después de miles de vueltas, me entregó a mi padrino. Él me llevó hasta donde mi madre que al verme se desmayó.
Mi padrino. Recuerdo a mi padrino. José Rafael Fortich Amador. No he conocido hombre más íntegro que él. De ti hablaré después, en otro escrito. Tengo mucho que recordar.
Recuerdo el olor a níspero del Callejón de los Nísperos en Manga. Lugar donde pasé mucho tiempo de mi infancia y adolescencia. Recuerdo el barrio de San Diego y sus casas. La cárcel hedionda a orines y los presos asomados por la ventana del segundo y tercer piso. Recuerdo las fiestas de la Popa y el Festival del Dulce. El Patial de Manga y el Cabildo de Getsemaní. Recuerdo las Balleneras, nunca me gustó el Bando. Odiaba que me tiraran maizena en la cara y agua sucia de azul. Y a los negritos untados de betún que te ensuciaban si no les dabas dinero.
Recuerdo a mi abuelo Edgardo sentado en su escritorio de su oficina en la Calle Baloco. A mi abuela, vestida impecable, erguida, elegante. Recuerdo que en medio del recalcitrante calor cartagenero, usaba medias veladas. Vanidosa hasta sus últimos días. Siempre de punto en blanco. Me acuerdo mucho de un conjuntico amarillo de short y blusa que se ponía a veces los domingos, por supuesto con medias veladas tambien. Caminé con ella las calles del Centro vistando CasaSúcar, el Sears, el Centavo Menos y la joyería de Fabio Mora. ¿Haciendo qué? Diligencias. Jejejeje... cómo me gustaba esa palabra. Al igual que escaparate, accesorias, macojarto, palangana, ponchera, en fin.
Recuerdo las cenas y los desayunos en el edificio Gioconda, frente a la bahía en la avenida Miramar y en el Callejón (H)Olaya (no sé si este olaya es con H o sin H). Los recuerdo porque eran todo un ritual. Era casi una misa, con partes, estructuras y liturgias. Recuerdo la lata grande de galletas Saltín donde mi abuela guardaba su pan. Ojo, su pan. El resto comíamos el pan que mi abuelo compraba. Mis primas y yo, simplemente nos reíamos de todo esta parafernalia que tanto nos gustó y formó. Zuly, mi tía, era mi alcahueta. Y como no, si yo era el mayor de los nietos varones en ambas familias. Hoy, sé hacer el nudo de la corbata gracias a ella. Recuerdo los espagetis con pollo de mi abuelo. Eso aún me huele, como si fuera ayer. O las hayacas de Myriam Velilla.
Nunca voy a olvidar el aroma a comino de los 20 de diciembre. En mi casa, más o menos para esa época se empezaban a hacer los pasteles que comeríamos el 25. Recuerdo una mesa de madera llena de porcelanas con toda clase de ingredientes para armarlos. Aceitunas, alcaparras, papa, zanahoria, habichuela larga, cerdo, tocino, pollo, garbanzos, entre otros. Una olla de arroz tiznado con achiote, cargado de pimienta de olor y comino. Recuerdo la forma en que se molía: una botella de coca-cola era el mortero y una bolsa plástica servía de coca para retener el producto. Simplemente se pasaba la botella una y otra vez hasta que quedaba un polvo. Mi abuela sentada y Mariscela, Graciela y después, Xiomara, quien ingresó a este maravilloso mundo de la cocina familiar siendo hoy día una de las mejores cocineras que he conocido y poseedora de una sazón sin igual, de pie. Armando cada pastel como al mejor estilo de una fábrica Ford. El olor a bijao... Ese es, tal vez, uno de los mejores aromas de cocina que poseo en mi imaginario culinario.
No me olvidaré jamás de las tardes de cangrejo, pero de ellas hablaré también después, junto con la celebración de Semana Santa y toda la fiesta al rededor de la comida que vive mi familia para esa época. La familia Fortich - Espinosa - Bustillo - Amador y demás que se han ido agregando, tienen un tomo exclusivo en la enciclopedia de mi vida. Para ellos habrá tiempo y papel después.
Recuerdo el sabor del jugo de corozo, de guayaba agria, níspero, de zapote, de cereza criolla. Recuerdo el aroma y el sabor de las guindas, de la ciruela y el jobo, del caimito y de la guama. Recuerdo el sabor del quibbe de Margot. Dios, como me gustaba. Recuerdo la avena fría que hacía Graciela para la cena de algunas noches. A Marisela, mi otra nana lavándome la ropa y organizándome el closet. Hay Mari, también debo ofrecerte disculpas por las miles de veces que te falté al respeto por la imprudencia propia de la adolescencia. Sabes que te adoro.
Tengo muchas más cosas que recordar. Toda una vida por compartir. Este es sólo un inicio. Pronto volveré con más recuerdos de mi hermosa ciudad, mi tierra, mi casa.
2 comentarios:
Este escrito me hizo recordar al señor que vendia los dulces a la entrada del colegio la esperanza y a quien trate como paciente por recomendacion de melissa cuando apenas tenia 5 años y me mandaba de pacientes a los vendedores de raspao, de dulces, el de la butifarra y por supuesto a todos sus profesores para que no les cobrara pero tambien recuerdo que uno de los vendedores de raspao me pido que le permitiera a melissa ser la madrina de su hijo. pero el senor de los dulces era especial y ademas era tan cariñoso y siempre me decia el negro es muy juicioso pero al mono hay que halarle las orejas.
Edgui y me vino a la memoria el dia que se rambaron todos. y el dia que hicieron la despedida en mi casa y emborracharon al pastuso, tiraron buscapies en mi sala y de remate federico microfono en mano no me dejo dormir.
Jacque... la memoria es una cosa maravillosa. No me acordaba de la borrachera del pastuso y su baile medio epiléptico... jejejeje. Recuero las veces que me hiciste neobulizaciones para ayudarme con mis gripas frecuentes. Gracias por ser como eres y permtirme entrar en tu vida como un hijo más. Te quiero.
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