Estoy pensando seriamente en lo que va a ser de mí cuando esté entre tus manos. Realmente ya me atrapaste y no soy como la arena que se escabuye y se pierde entre los dedos. Soy algo sólido. Algo que si no lo tiras no se va. Soy como una paloma obediente a la cual necesitas impulsar para que vuele, porque de lo contrario se queda allí posada, gozando de la estabilidad y el equilibrio que le brindan tus calurosas manos. Sólo quiero pedirte un favor, que el día que eches esa paloma a volar, no la sueltes sin que ella esté preparada; tampoco lo hagas en un lugar que ella no conozca, podría hacerse daño o extraviarse...
Daño o extraviarse. ¿Quiénes? ¿Nosotros? ¿Las palomas? ¿O será que nosotros somos esas palomas? Esas palomas (señalando al público). Estudiantes. Gozando, precisamente, del equilibrio y la estabilidad que les brindan las calurosas manos. ¿Cuáles manos? Las de la universidad.
Y es gracias a personas como (nombrar a algunos docentes), que luchan, hombro a hombro, para que el día que nos toque emprender el vuelo, estemos preparados y no nos hagamos daño. Pero esa lucha no puede ser de una sola vía. Debe ser de doble vía. Esto es un trabajo en equipo. Algo así como Rilke y su joven poeta, Moisés y Aarón, Ilona, Maqroll y Abdul, entre otros.
¿O qué? Acaso pensaron que el 1, 2, 3 fue gratis (haciendo un avance al estilo Carmen de Saura), que escribir un poema fue fácil, que hablar en público fue sencillo. Pregúntele a Carmen, al joven poeta o a Moisés. Esto es cuestión de lucha, de ganas, de querer aprender y ser mejor. De crecer. Como diría Fernando Vázquez, docente mío en mi época universitaria: "esto es viceral". Mejor aún, Taller de Expresión Oral y Corporal es una experiencia de vida. Lo digo porque así fue, es y sigue siendo para mí. Muchos de los aquí presentes saben lo que realmente significa estar acá y estar haciendo este discurso. Porque mirar, gesticular, ejemplificar, moverse, marcar territorio, entonar, vocalizar, modular... todo lo aprendido, forma de dominar, de tener el poder por un tiempo, de domeñar, finalmente de ser, hace parte de tu vida y será tu herramienta principal en futuro. Se habla como se es.
Se te prepara para que cuando salgas, cuando vueles a vender tu campaña publicitaria, a discutir con tu editor para que tu columna salga completa, a proponer tu guión de un programa que diseñaste o a conseguir y llevar a cabo un proyecto organizacional, salgas bien librado. Es decir, también te enseñamos a aterrizar.
Sin embargo, cuando Richard Bach escribió Juan Salvador Gaviota, pienso que lo hizo con la firme idea de contarnos que la mejor manera de hacer algo, en sus palabras y metáforas visuales, era volar aprendiendo, arriesgándose, sintiéndolo y no aprendiendo a volar, siempre siguiendo la técnica. No. De lleno en su espacio, con el viento a favor o en contra, con sus alas, con sus deseos, voló. En la práctica, en el ejercicio, aprendió.
Este auditorio, este escenario es mi espacio. Mis alas se transforman en voz y en cuerpo. Y aquí, en la práctica, aprendí y aprendo cada día que me enfrento a un público, mi viento. Seguramente ustedes también aprenderán aquí adelante, enfrentando fantasmas, monstruos, temores. Así como otros aprendieron.
Es entonces cuando ingresa a esta elaboración de discurso, a esta vivencia maravillosa, lo que se denomina fondo, sentido. La argumentación. Aquí es cuando no podemos ser esa arena que se escabulle entre los dedos, ¿se acuerdan? Hay que ser sólidos. Hay que demostrar, justificar. Y dirán cosas como que quieren a un papá que se emborrache con ustedes tomando... (pausa) helado de ron con pasas. Como que quieren ser poetas de Cartagena o abrirán su intervención con un madrazo bien echado. Pero todo eso, simplemente porque tienen una razón. Entonces tendremos el equilibrio entre forma y fondo. Entre cómo lo digo y qué digo.
Yo no tuve un papá que se emborrachara conmigo comiendo helado de ron con pasas, pero sí tuve a un amigo que me emborrachó de vida con su amistad, con su amor. Y de allí saco mucho para ustedes y para mí. De eso hablo hoy y sobre eso me baso para hacer de esta asignatura una experiencia diaria de vida.
Déjense emborrachar que el trago que yo les traigo, este trago que hoy les quiero brindar, es muy bueno. Es mejor que un Sello Azul. Aprovéchenlo, disfrútenlo y tómenlo suave, descubran su aroma, su bouquet. Pruébenlo y verán como se siente de bien mientras se traga. Este trago es del mejor porque es y será para toda la vida.
Gracias.
jueves, 23 de junio de 2011
martes, 21 de junio de 2011
Recuerdos de mi tierra, mi ciudad, mi casa...
Hoy, después de mucho esperar, decidí escribir sobre aquellas cosas que me gustan y apasionan de mi vida. Una de ellas es mi ciudad, Cartagena. Y quiero hacerle un homenaje a partir de cosas que recuerdo de mi infancia, cosas que dejaron huella para siempre en mi memoria. "Recuerdos que (como dice la canción de Fito) no voy a borrar, personas que no voy a olvidar, hay aromas que me quiero llevar, silencios que prefiero callar."
Recuerdo... Recuerdo aquel palo de caucho enfrente del Banco de Bogotá. Los escribidores que sentados debajo de él, hacían minutas, contratos, demandas. Recuerdo el olor a carne fresca en frente de la entrada de la cocina de mi casa cuando iba Rafaela a venderle a mi abuela. Las arepa'e huevo que hacía Graciela mi nana. Recuerdo el sabor amargo de la Curarina de los laboratorios Roman. Recuerdo el día que mi padrino salió corriendo a comerse un platanito después de tomarse una cucharada del famoso elíxir. Recuerdo a Papa Fotti, sentado en su mecedora viendo Don Chinche. A Doña Ana haciendo mantequilla con la nata de la leche y hielo. Nunca supe cómo hacerla. Recuerdo las mañanas frías y el olor a lluvia de ciertos días de abril. El olor a sacapunta y borrador de nata que expedían los niños de primaria saliendo a las 12:00 de la tarde por el portón blanco del colegio. Recuerdo mi colegio, Colegio De La Esperanza. Su color verde, sus puertas y ventanas blancas. Recuerdo a Don Antonio María de Irisarri, el dueño y rector de ese entonces que dejaba una estela casi perenne de María Farina.
Recuerdo a Graciela, mi nana. Cómo te quiero. Te ofrezco disculpas, tarde, yo sé, por esa vez que tirando un palo de escoba te enredaste y te fracturaste un pie. Te agradezco las veces que sentada en la maría palito me dabas "jonda" y me mecías hasta que me quedaba dormido. Recuerdo el olor a mar. A sal marina. A algas que llegaban cada temporada de baja mar a las orillas e inundaban las playas con sus colores verde, violeta y rojo. Recuerdo el hedor cuando se pudrían por el incesante sol que todo lo quiebra. Recuerdo el sabor de los muñequitos de leche, de las bolas de tamarindo, de los alfajores, de las cocadas, de los caballitos. Mmmmm... los caballitos, cómo me gustan los caballitos de papaya verde. Las conservitas de plátano maduro, guayaba y pimienta, las de ajonjolí.
Recuerdo el tedio que generaba hacer el dulce de guandul, pero el deleite cuando ya estaba listo y frío para comer lo superaba todo. El olor y el sabor del dulce de papa que hacía mi abuela Nelly. Ni hablar del famoso Mongo mongo, un dulce de siete frutas. Recuerdo el corrientazo que me generaba en la boca cuando comía, todos los medios días, a la salida del colegio, un mango de puerco biche con sal, limón y pimienta. Salivaba inmediatamente y la piel se me erizaba. Qué rituales los de entonces. Recuerdo la vez que decidí no llegar a la casa de mi abuela, sino ir directamente al edificio donde vivía con mi mamá: El Conquistador. Me acuerdo de mi susto cuando al llegar al apartamento nadie me abrió. Decidí bajar por el ascensor de servicio y, por cosas de la vida, hoy diría por ley de Morphy, se fue la luz y quedé atrapado un minuto mientras la planta prendia y volvía a funcionar. Creo que de ese suceso me quedó la claustrofobia leve que a veces padezco dependiendo del lugar en donde me quede atrapado. Recuerdo que al salir del edificio le pregunté a un desconocido ¿para dónde va? Recuerdo que el señor, muy amable por cierto, me llevó hasta el Centro y, después de miles de vueltas, me entregó a mi padrino. Él me llevó hasta donde mi madre que al verme se desmayó.
Mi padrino. Recuerdo a mi padrino. José Rafael Fortich Amador. No he conocido hombre más íntegro que él. De ti hablaré después, en otro escrito. Tengo mucho que recordar.
Recuerdo el olor a níspero del Callejón de los Nísperos en Manga. Lugar donde pasé mucho tiempo de mi infancia y adolescencia. Recuerdo el barrio de San Diego y sus casas. La cárcel hedionda a orines y los presos asomados por la ventana del segundo y tercer piso. Recuerdo las fiestas de la Popa y el Festival del Dulce. El Patial de Manga y el Cabildo de Getsemaní. Recuerdo las Balleneras, nunca me gustó el Bando. Odiaba que me tiraran maizena en la cara y agua sucia de azul. Y a los negritos untados de betún que te ensuciaban si no les dabas dinero.
Recuerdo a mi abuelo Edgardo sentado en su escritorio de su oficina en la Calle Baloco. A mi abuela, vestida impecable, erguida, elegante. Recuerdo que en medio del recalcitrante calor cartagenero, usaba medias veladas. Vanidosa hasta sus últimos días. Siempre de punto en blanco. Me acuerdo mucho de un conjuntico amarillo de short y blusa que se ponía a veces los domingos, por supuesto con medias veladas tambien. Caminé con ella las calles del Centro vistando CasaSúcar, el Sears, el Centavo Menos y la joyería de Fabio Mora. ¿Haciendo qué? Diligencias. Jejejeje... cómo me gustaba esa palabra. Al igual que escaparate, accesorias, macojarto, palangana, ponchera, en fin.
Recuerdo las cenas y los desayunos en el edificio Gioconda, frente a la bahía en la avenida Miramar y en el Callejón (H)Olaya (no sé si este olaya es con H o sin H). Los recuerdo porque eran todo un ritual. Era casi una misa, con partes, estructuras y liturgias. Recuerdo la lata grande de galletas Saltín donde mi abuela guardaba su pan. Ojo, su pan. El resto comíamos el pan que mi abuelo compraba. Mis primas y yo, simplemente nos reíamos de todo esta parafernalia que tanto nos gustó y formó. Zuly, mi tía, era mi alcahueta. Y como no, si yo era el mayor de los nietos varones en ambas familias. Hoy, sé hacer el nudo de la corbata gracias a ella. Recuerdo los espagetis con pollo de mi abuelo. Eso aún me huele, como si fuera ayer. O las hayacas de Myriam Velilla.
Nunca voy a olvidar el aroma a comino de los 20 de diciembre. En mi casa, más o menos para esa época se empezaban a hacer los pasteles que comeríamos el 25. Recuerdo una mesa de madera llena de porcelanas con toda clase de ingredientes para armarlos. Aceitunas, alcaparras, papa, zanahoria, habichuela larga, cerdo, tocino, pollo, garbanzos, entre otros. Una olla de arroz tiznado con achiote, cargado de pimienta de olor y comino. Recuerdo la forma en que se molía: una botella de coca-cola era el mortero y una bolsa plástica servía de coca para retener el producto. Simplemente se pasaba la botella una y otra vez hasta que quedaba un polvo. Mi abuela sentada y Mariscela, Graciela y después, Xiomara, quien ingresó a este maravilloso mundo de la cocina familiar siendo hoy día una de las mejores cocineras que he conocido y poseedora de una sazón sin igual, de pie. Armando cada pastel como al mejor estilo de una fábrica Ford. El olor a bijao... Ese es, tal vez, uno de los mejores aromas de cocina que poseo en mi imaginario culinario.
No me olvidaré jamás de las tardes de cangrejo, pero de ellas hablaré también después, junto con la celebración de Semana Santa y toda la fiesta al rededor de la comida que vive mi familia para esa época. La familia Fortich - Espinosa - Bustillo - Amador y demás que se han ido agregando, tienen un tomo exclusivo en la enciclopedia de mi vida. Para ellos habrá tiempo y papel después.
Recuerdo el sabor del jugo de corozo, de guayaba agria, níspero, de zapote, de cereza criolla. Recuerdo el aroma y el sabor de las guindas, de la ciruela y el jobo, del caimito y de la guama. Recuerdo el sabor del quibbe de Margot. Dios, como me gustaba. Recuerdo la avena fría que hacía Graciela para la cena de algunas noches. A Marisela, mi otra nana lavándome la ropa y organizándome el closet. Hay Mari, también debo ofrecerte disculpas por las miles de veces que te falté al respeto por la imprudencia propia de la adolescencia. Sabes que te adoro.
Tengo muchas más cosas que recordar. Toda una vida por compartir. Este es sólo un inicio. Pronto volveré con más recuerdos de mi hermosa ciudad, mi tierra, mi casa.
Recuerdo... Recuerdo aquel palo de caucho enfrente del Banco de Bogotá. Los escribidores que sentados debajo de él, hacían minutas, contratos, demandas. Recuerdo el olor a carne fresca en frente de la entrada de la cocina de mi casa cuando iba Rafaela a venderle a mi abuela. Las arepa'e huevo que hacía Graciela mi nana. Recuerdo el sabor amargo de la Curarina de los laboratorios Roman. Recuerdo el día que mi padrino salió corriendo a comerse un platanito después de tomarse una cucharada del famoso elíxir. Recuerdo a Papa Fotti, sentado en su mecedora viendo Don Chinche. A Doña Ana haciendo mantequilla con la nata de la leche y hielo. Nunca supe cómo hacerla. Recuerdo las mañanas frías y el olor a lluvia de ciertos días de abril. El olor a sacapunta y borrador de nata que expedían los niños de primaria saliendo a las 12:00 de la tarde por el portón blanco del colegio. Recuerdo mi colegio, Colegio De La Esperanza. Su color verde, sus puertas y ventanas blancas. Recuerdo a Don Antonio María de Irisarri, el dueño y rector de ese entonces que dejaba una estela casi perenne de María Farina.
Recuerdo a Graciela, mi nana. Cómo te quiero. Te ofrezco disculpas, tarde, yo sé, por esa vez que tirando un palo de escoba te enredaste y te fracturaste un pie. Te agradezco las veces que sentada en la maría palito me dabas "jonda" y me mecías hasta que me quedaba dormido. Recuerdo el olor a mar. A sal marina. A algas que llegaban cada temporada de baja mar a las orillas e inundaban las playas con sus colores verde, violeta y rojo. Recuerdo el hedor cuando se pudrían por el incesante sol que todo lo quiebra. Recuerdo el sabor de los muñequitos de leche, de las bolas de tamarindo, de los alfajores, de las cocadas, de los caballitos. Mmmmm... los caballitos, cómo me gustan los caballitos de papaya verde. Las conservitas de plátano maduro, guayaba y pimienta, las de ajonjolí.
Recuerdo el tedio que generaba hacer el dulce de guandul, pero el deleite cuando ya estaba listo y frío para comer lo superaba todo. El olor y el sabor del dulce de papa que hacía mi abuela Nelly. Ni hablar del famoso Mongo mongo, un dulce de siete frutas. Recuerdo el corrientazo que me generaba en la boca cuando comía, todos los medios días, a la salida del colegio, un mango de puerco biche con sal, limón y pimienta. Salivaba inmediatamente y la piel se me erizaba. Qué rituales los de entonces. Recuerdo la vez que decidí no llegar a la casa de mi abuela, sino ir directamente al edificio donde vivía con mi mamá: El Conquistador. Me acuerdo de mi susto cuando al llegar al apartamento nadie me abrió. Decidí bajar por el ascensor de servicio y, por cosas de la vida, hoy diría por ley de Morphy, se fue la luz y quedé atrapado un minuto mientras la planta prendia y volvía a funcionar. Creo que de ese suceso me quedó la claustrofobia leve que a veces padezco dependiendo del lugar en donde me quede atrapado. Recuerdo que al salir del edificio le pregunté a un desconocido ¿para dónde va? Recuerdo que el señor, muy amable por cierto, me llevó hasta el Centro y, después de miles de vueltas, me entregó a mi padrino. Él me llevó hasta donde mi madre que al verme se desmayó.
Mi padrino. Recuerdo a mi padrino. José Rafael Fortich Amador. No he conocido hombre más íntegro que él. De ti hablaré después, en otro escrito. Tengo mucho que recordar.
Recuerdo el olor a níspero del Callejón de los Nísperos en Manga. Lugar donde pasé mucho tiempo de mi infancia y adolescencia. Recuerdo el barrio de San Diego y sus casas. La cárcel hedionda a orines y los presos asomados por la ventana del segundo y tercer piso. Recuerdo las fiestas de la Popa y el Festival del Dulce. El Patial de Manga y el Cabildo de Getsemaní. Recuerdo las Balleneras, nunca me gustó el Bando. Odiaba que me tiraran maizena en la cara y agua sucia de azul. Y a los negritos untados de betún que te ensuciaban si no les dabas dinero.
Recuerdo a mi abuelo Edgardo sentado en su escritorio de su oficina en la Calle Baloco. A mi abuela, vestida impecable, erguida, elegante. Recuerdo que en medio del recalcitrante calor cartagenero, usaba medias veladas. Vanidosa hasta sus últimos días. Siempre de punto en blanco. Me acuerdo mucho de un conjuntico amarillo de short y blusa que se ponía a veces los domingos, por supuesto con medias veladas tambien. Caminé con ella las calles del Centro vistando CasaSúcar, el Sears, el Centavo Menos y la joyería de Fabio Mora. ¿Haciendo qué? Diligencias. Jejejeje... cómo me gustaba esa palabra. Al igual que escaparate, accesorias, macojarto, palangana, ponchera, en fin.
Recuerdo las cenas y los desayunos en el edificio Gioconda, frente a la bahía en la avenida Miramar y en el Callejón (H)Olaya (no sé si este olaya es con H o sin H). Los recuerdo porque eran todo un ritual. Era casi una misa, con partes, estructuras y liturgias. Recuerdo la lata grande de galletas Saltín donde mi abuela guardaba su pan. Ojo, su pan. El resto comíamos el pan que mi abuelo compraba. Mis primas y yo, simplemente nos reíamos de todo esta parafernalia que tanto nos gustó y formó. Zuly, mi tía, era mi alcahueta. Y como no, si yo era el mayor de los nietos varones en ambas familias. Hoy, sé hacer el nudo de la corbata gracias a ella. Recuerdo los espagetis con pollo de mi abuelo. Eso aún me huele, como si fuera ayer. O las hayacas de Myriam Velilla.
Nunca voy a olvidar el aroma a comino de los 20 de diciembre. En mi casa, más o menos para esa época se empezaban a hacer los pasteles que comeríamos el 25. Recuerdo una mesa de madera llena de porcelanas con toda clase de ingredientes para armarlos. Aceitunas, alcaparras, papa, zanahoria, habichuela larga, cerdo, tocino, pollo, garbanzos, entre otros. Una olla de arroz tiznado con achiote, cargado de pimienta de olor y comino. Recuerdo la forma en que se molía: una botella de coca-cola era el mortero y una bolsa plástica servía de coca para retener el producto. Simplemente se pasaba la botella una y otra vez hasta que quedaba un polvo. Mi abuela sentada y Mariscela, Graciela y después, Xiomara, quien ingresó a este maravilloso mundo de la cocina familiar siendo hoy día una de las mejores cocineras que he conocido y poseedora de una sazón sin igual, de pie. Armando cada pastel como al mejor estilo de una fábrica Ford. El olor a bijao... Ese es, tal vez, uno de los mejores aromas de cocina que poseo en mi imaginario culinario.
No me olvidaré jamás de las tardes de cangrejo, pero de ellas hablaré también después, junto con la celebración de Semana Santa y toda la fiesta al rededor de la comida que vive mi familia para esa época. La familia Fortich - Espinosa - Bustillo - Amador y demás que se han ido agregando, tienen un tomo exclusivo en la enciclopedia de mi vida. Para ellos habrá tiempo y papel después.
Recuerdo el sabor del jugo de corozo, de guayaba agria, níspero, de zapote, de cereza criolla. Recuerdo el aroma y el sabor de las guindas, de la ciruela y el jobo, del caimito y de la guama. Recuerdo el sabor del quibbe de Margot. Dios, como me gustaba. Recuerdo la avena fría que hacía Graciela para la cena de algunas noches. A Marisela, mi otra nana lavándome la ropa y organizándome el closet. Hay Mari, también debo ofrecerte disculpas por las miles de veces que te falté al respeto por la imprudencia propia de la adolescencia. Sabes que te adoro.
Tengo muchas más cosas que recordar. Toda una vida por compartir. Este es sólo un inicio. Pronto volveré con más recuerdos de mi hermosa ciudad, mi tierra, mi casa.
domingo, 19 de junio de 2011
Soy...
Soy simplemente un nombre, una voz, un grito.
Soy una caricia, un roce, una sensación.
Soy una mirada, un parpadeo, un guiño.
Soy una mueca, una sonrisa, una risa, un beso.
Soy lo que puedo ser en ti: lo que provoca mi existencia en la esencia de nuestro futuro amor.
Inspirado en J. A.
Soy una caricia, un roce, una sensación.
Soy una mirada, un parpadeo, un guiño.
Soy una mueca, una sonrisa, una risa, un beso.
Soy lo que puedo ser en ti: lo que provoca mi existencia en la esencia de nuestro futuro amor.
Inspirado en J. A.
Un viaje a tu habitación...
Ya es de noche. Duermes. En tu apartamento todos duermen. No hay quien me vea. Entro suavemente, como siempre, como todas las noches. Mis alas se agitan sin violencia. Mi olor se esparce. Me acerco a ti y te veo dormir. Sonríes... ¿estarás soñando conmigo? Me alejo. Doy un último vistazo y te beso y tu piel se agita. Espero que sepas, sientas, reconozcas que soy yo. Me despido. Adios. Descansa.
Dedicado a J.A.
Dedicado a J.A.
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